
A mediados de diciembre, mientras el resto del coro subÃa el volumen en el Aleluya, me di cuenta de que algo andaba mal. No era la devoción, era la mecánica. Yo seguÃa 'lanzándome' a las notas altas como quien salta un bache, apretando la garganta y esperando que el sonido saliera derecho por pura voluntad. Al terminar, sentÃa el cuello rÃgido, como si hubiera estado cargando cajas en el almacén de refacciones todo el dÃa en lugar de estar alabando al Señor.
Antes de seguir, un poco de transparencia: algunos de los enlaces que verás aquà son de afiliado de Hotmart. Eso significa que si decides comprar un curso a través de ellos, a mà me toca una pequeña comisión y a ti el precio no te cambia ni un peso. Asà es como pago los cursos que sà termino y los que dejo a medias para poder decirte cuáles valen la pena. Yo mismo he probado lo que recomiendo porque, a mis 46 años, ya no tengo tiempo ni dinero para tirar en promesas que no se cumplen.
El mito del 'oÃdo sordo' y la realidad del aire
Pasé casi toda mi vida convencido de que era sordo al tono. En las posadas, yo era el que solo movÃa los labios mientras mis tÃos, los que sà tenÃan pulmón, llevaban la melodÃa. Me resigné a eso hasta que a los 41 años, en la parroquia, faltaba un barÃtono. El director me reclutó casi a la fuerza. Me dijo: 'Ismael, usted no es sordo, usted lo que pasa es que no sabe de dónde sale el aire'.
TenÃa razón. En el coro aprendes a armonizar, a seguir la partitura (o a los que sà saben leerla) y a empastar tu voz con la de los demás. Pero nadie tiene tiempo de explicarte qué hacer con el diafragma, ese músculo que no sientes directamente pero que se entrena con los abdominales. Un coro parroquial ensaya canciones, no técnica. Ahà es donde entra la duda: ¿vale la pena pagar por fuera si ya estás cantando cada domingo?

El cementerio de los cursos de conservatorio
Durante las semanas de Cuaresma, me puse a buscar soluciones por mi cuenta. Mi historial con los cursos online era desastroso. Tengo un par guardados que me hicieron sentir más tonto de lo que ya me sentÃa. En uno pasé tres semanas tratando de entender qué rayos era un 'falsete reforzado' o cómo conectar los resonadores de la máscara, antes de que nadie me explicara siquiera cómo pararme derecho sin parecer que tenÃa un palo en la espalda. Eran cursos para gente que ya sabÃa cantar y querÃa ser profesional, no para un comprador de autopartes que solo querÃa que no le doliera la garganta al terminar el ensayo.
La mayorÃa de los hombres adultos tenemos una frecuencia fundamental de unos 110 Hz. Como barÃtono, mi rango va más o menos del Sol 2 al Sol 4 (G2 a G4 para los que saben de letras). Pero sin técnica, ese rango se siente como una liga vieja a punto de romperse. Si no aprendes la base, terminas cantando 'de garganta', y eso a nuestra edad es boleto directo a la fatiga crónica o, peor, a los nódulos. Por cierto, no soy médico ni maestro de canto titulado; si sientes dolor persistente o te quedas ronco seguido, deja de cantar y ve a ver a un otorrino. Cantar no debe doler.
¿Por qué un curso básico para alguien que ya está en un coro?
Aquà es donde entra el Curso Básico de Canto que finalmente sà me sirvió. Lo que me convenció no fue una promesa de cantar como Luis Miguel, sino que se enfocaba en lo que yo llamo 'palabras de mesa de cocina'. Nada de vocabulario de conservatorio que te marea.
La gran diferencia, y lo que aprendà después de un mes de práctica constante, es que el coro te enseña armonÃa, pero el curso te da resistencia. Es el equilibrio necesario. En el grupo optimizas cómo sonar con otros, pero en lo individual desarrollas tu propio rango dinámico. Fue después de unas semanas cuando sentà ese 'clic' en las costillas: entendà que el aire se queda abajo, en la panza, y no se sube a los hombros cada vez que tomas aire para una frase larga.

Lo que el curso te da (y lo que no)
Este curso tiene una calificación de 4.4 por una razón: es honesto. No te va a convertir en solista de la noche a la mañana, pero te enseña a aterrizar en la nota en lugar de lungir a ella.
- Lo bueno: Se enfoca en la postura. Si te paras mal, cantas mal. También te da ejercicios que puedes hacer en el carro. Yo los hago en la camioneta de camino al distribuidor y nadie me ve raro.
- Lo malo: Es básico. Si ya llevas años en un coro profesional o sabes leer música con fluidez, te vas a aburrir en la segunda lección. Está pensado para los que, como yo, empezamos tarde y de cero.
- El precio: Cuesta más o menos lo que te gastas en un par de comidas fuera con la familia. Para mÃ, valió cada peso solo por dejar de sentir que me raspaba la laringe con lija.
El veredicto de un domingo por la mañana
Un domingo por la mañana en mayo, ocurrió lo que no esperaba. Estábamos terminando el ensayo previo a la misa y el director se detuvo. Me miró y me preguntó qué estaba haciendo diferente. Me dijo que mi voz ya no 'raspaba' en los finales de frase y que por fin estaba sosteniendo los finales sin que me temblara la mandÃbula.
Esa es la verdadera prueba. Sentir el aire frÃo de la parroquia entrando en los pulmones y notar una vibración sólida, de esas que te retumban en el pecho al sostener un Sol bajo, sin esfuerzo. Si cantas en un coro y sientes que te falta potencia o que te cansas rápido, no es que no tengas talento; es que te falta la herramienta.
Si quieres dejar de mover solo los labios y empezar a usar la voz que tienes ahà guardada, te recomiendo que le eches un ojo al Curso Básico de Canto. No te va a quitar lo barÃtono, pero te va a enseñar a disfrutarlo. Al final del dÃa, lo que queremos es seguir cantando en las fiestas y en la iglesia sin que la voz se nos rinda antes que el ánimo. Vale la pena la inversión, sobre todo porque aprender a respirar es algo que te llevas para siempre, cantes o no.