Cantar en el coro no es lo mismo que saber cantar: Mi experiencia con un curso básico después de los 40

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El director levanta la mano a la mitad del Aleluya y todo el coro parroquial se detiene, ahí en la Parroquia de San Sebastián de Aparicio, en León. Yo sigo un compás de más, todavía lanzándome a la nota como quien salta un bache, con el cuello tieso y el aire gastado a la mitad de la frase, la técnica vocal que nadie me enseñó de joven, y que se nota cada domingo. Llevo un rato dándole vueltas a la pregunta que más me hacen los que empiezan a cantar de adultos: si ya tienes coro, ¿de verdad hace falta pagar un curso de canto básico?

Dicho eso, la pregunta de arriba no nació sola: me la mandó por correo un lector, Benito Quevedo, de esos que no sueltan un centavo sin evidencia primero. Quería saber si le convenía terminar de aprender por su cuenta, con lo que encuentra gratis, o meterse a un curso pagado ahora que ya canta entre semana.

¿Videos gratis o curso pagado, si ya cantas en un coro?

Ya intenté resolverlo por mi cuenta antes de gastar en nada: me clavé con videos de YouTube sobre solfeo, de esos con pizarrón y ejemplos, pero sin nadie que corrigiera nada en el momento, practicar así es como afinar una guitarra a oscuras. La diferencia real entre eso y un curso pagado no es que lo gratis mienta, es que casi nunca te acompaña mientras lo haces mal, y ese acompañamiento es justo lo que cuesta el dinero.

Lo que el coro parroquial sí te enseña

A los 41 años me faltaba un barítono en el coro y el director prácticamente me reclutó a la fuerza. Mi primer ensayo fue un desastre: entré desafinado en la segunda frase, me quedé sin aire en la tercera y terminé cantando una octava más abajo nomás para no hacer más ruido feo. Toda mi vida había estado convencido de que tenía el oído sordo, de esos que no distinguen un Sol de un Fa, y ese primer intento pareció confirmarlo. Pero el mito del oído sordo es justo eso, un mito: casi nadie nace sin oído; lo que le falta a la mayoría es el aire y la costumbre de escucharse.

Lo que el coro parroquial sí te da, y te lo da bien, es oído de conjunto: aprendes a empastar tu voz con la de al lado, a seguir al director aunque no sepas leer la partitura, a entrar y salir sin pisarle la frase al tenor de junto. Eso no lo enseña ningún curso en pantalla, por bueno que sea. El problema es que ahí se acaba: un ensayo parroquial dura lo que dura, y ese tiempo se va en repertorio, no en corregir cómo respira cada quien.

Cancionero antiguo de un coro parroquial abierto sobre el atril, símbolo del canto para adultos que aprenden de oído

Cuando el problema no es el oído, es la técnica

Aquí está el punto que cuesta ver desde adentro del coro: el coro y un curso resuelven cosas distintas, y confundirlas es lo que hace que la gente pague de más, o que deje de pagar justo cuando sí lo necesita. El coro te corrige el oído de conjunto; no te corrige la mecánica de tu propia voz, porque ese no es su trabajo ni hay tiempo en un ensayo para eso. La señal de que te falta la parte técnica, y no más coro, es sencilla: si el director te marca la misma frase semana tras semana sin que mejores, o si sales del ensayo con el cuello tenso, el problema no está en tu oído, está en cómo estás usando el aire.

El coro mostró que el apoyo respiratorio no es teoría de libro, sin el aire desde abajo, hasta los barítonos de fin de semana desafinan en cuanto sube la frase. Y entrar a cantar pasados los cuarenta sin saber respirar bien es una desventaja que el coro mismo no te va a corregir; ese hueco sí lo llena un curso pensado para principiantes adultos, no uno hecho para quien ya trae la técnica de fábrica.

Abandoné un curso en el módulo tres

De los cursos que probé antes de dar con uno que sirviera, hay uno que dejé exactamente en el módulo tres. Empezaba prometiendo que en dos lecciones ibas a liberar tu registro, con vocabulario de conservatorio que yo no conocía, resonadores, máscara, falsete reforzado, antes siquiera de explicarme cómo pararme derecho sin sentir que traía un palo en la espalda. El módulo tres era, otra vez, la misma explicación del módulo uno pero con otro nombre. Ahí lo cerré. Un curso que repite lo mismo disfrazado de avance nuevo es la señal más clara de que están vendiendo relleno y no contenido: revisa el índice completo antes de pagar, no solo la primera lección gratis.

Atril con ejercicios de escalas vocales y un vaso de agua, parte de la técnica vocal que enseña un curso de canto básico

La nota que no llegó en la misa

La prueba de que algo seguía sin cuajar llegó una misa de domingo, cuando el Aleluya sube a una nota que se supone debo sostener limpio. Me lancé a ella como siempre, con todo el aire que me quedaba, y no llegó: se quebró a la mitad, delante de toda la fila de bancas de enfrente. Nadie dijo nada, pero a mí se me quedó la cara caliente el resto de la misa. Ese fallo tiene nombre y no es de oído: es no saber colocar la nota, aterrizar en ella en vez de lanzarte, y es distinto de afinar, puedes tener el tono correcto en la cabeza y aun así fallar la colocación si el aire no te alcanza para sostenerla.

Ahí entra la frecuencia fundamental de cada voz, no hace falta volverte experto en el tema para notar cuándo un curso te enseña a colocarla y cuándo solo te dice que cantes más fuerte.

Ronquera de una semana: la señal de parar

Después de esa nota fallida hice lo peor que se puede hacer: forcé más. Ensayé de más, empujé la voz en la camioneta camino al trabajo, y para el sábado siguiente ya no tenía voz de barítono, tenía un graznido. Pasé una semana entera ronco, sin poder sostener ni una frase corta sin que se quebrara. Fue Abundio Nájera, mi compañero de coro en la parroquia, el que me preguntó de frente qué había estado haciendo distinto esa semana, Abundio habla poco, pero cuando pregunta es porque ya notó algo. Me explicó que la voz se cansa como cualquier otro músculo, y que el descanso es parte del ensayo, no una excusa para faltar.

La ronquera o el dolor al cantar, o después de hacerlo, son señal de que las cuerdas vocales están bajo demasiada tensión, y ahí lo único que corresponde es parar y descansar la voz, no forzarla a calentar. Si la ronquera se queda más de dos a cuatro semanas, eso ya no se resuelve solo, toca ir con un médico.

¿A cuál le entras: coro solo o coro con curso?

Cuando por fin me puse a probar cursos en serio, lo hice en el cuarto del fondo de la casa, el que da al patio de atrás: ahí tengo la laptop y unas bocinas chicas junto a la ventana, la pared sin nada que absorba el sonido, la botella de litro que lleno antes de sentarme y una silla de oficina que cede tantito hacia la derecha y que nunca he ajustado. Me acuerdo del crujido de esa silla cada vez que me enderezaba para abrir el siguiente módulo, como si eso también fuera parte del ritual. En los cinco años que llevo repartiendo el tiempo entre el coro y probar métodos por mi cuenta, aprendí que el curso que sirve no es el que promete más, es el que te hace abrir el módulo siguiente sin que te dé flojera.

El que sí terminé y sí me sirvió fue el Curso Básico de Canto, nada de prometer que ibas a sonar a solista, sino ir derecho a lo básico: postura y de dónde sacas el aire, antes que cualquier otra cosa. Está pensado para quien empieza de cero, no para quien ya lleva años cantando y sabe leer música con soltura; si ese es tu caso, te vas a aburrir en la segunda lección, y está bien decirlo así de claro. Los ejercicios se entienden aunque no sepas ni una nota en el pentagrama, y varios los hago sentado en la camioneta, camino al trabajo, sin que nadie note nada raro. Lo que no hace, y ningún curso en pantalla lo hace, es reemplazar el oído de un maestro corrigiéndote en vivo.

Entonces, volviendo a lo que preguntaba Benito: si tu director te corrige la misma nota semana tras semana y tú sigues sin saber qué haces distinto, ni seguir con el coro solo ni ver más videos gratis te lo va a resolver, ahí un curso básico, aunque sea sencillo, vale más que seguir adivinando por tu cuenta. Pero si ya sabes de dónde sale el aire, si sostienes la frase sin que se te quiebre y lo que te falta es repertorio y compañía los domingos, quédate con el coro y ahórrate el gasto; un curso ahí solo te va a repetir lo que el cuerpo ya aprendió. Si te reconoces en lo primero, el Curso Básico de Canto es de los pocos que sí va a lo que un adulto que empieza necesita, sin venderte que vas a sonar a otra persona en un mes.

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